
Más de uno convendrá conmigo que la progresiva politización de nuestro mundo tiene sus innegables inconvenientes. Quizás porque hoy en España estamos completamente inmersos en un período pre electoral -y cuándo no-, la vida cotidiana nuestra y de nuestras empresas están, más que nunca, condicionadas por la política y sus protagonistas, los políticos. Los medios de comunicación destacan y sobrevaloran las noticias políticas, los eventos públicos, los cambios de normativas muchas veces sólo electoralistas, etc. Y ese panorama, que en principio sólo debería afectar a las personas que, directa o indirectamente, viven de y para la política, tiene serias consecuencias en el mundo real. Si además añadimos que el contexto político actual busca desesperadamente la confrontación y la irresponsable crispación, esto provoca recelo, incertidumbre y escepticismo en el sector empresarial y, lo que es más crítico, en el siempre prudente capital.
Los beneficiados y los perjudicados
Aunque las grandes corporaciones, públicas, semipúblicas o privadas, las distintas organizaciones empresariales, sectoriales, colegios profesionales y otras muchas entidades, asumen su necesaria vinculación a los movimientos políticos y gobiernos, una gran mayoría de empresas pequeñas y medianas sólo sufren involuntariamente tales efectos. En las primeras sólo hay que observar que cuando se da la conveniente alternancia política tras unas elecciones, empieza la "danza de cargos", que no es otra cosa que posicionar a personajes determinados y con estrechos contactos con el poder “del momento” en los puestos de máxima responsabilidad y representatividad, lo que en muchos casos no responde a la capacidad profesional del personaje como máximo ejecutivo de una gran empresa. En las segundas, en cambio, las pequeñas y medianas empresas, no existe aparentemente esa necesaria vinculación con los órganos del poder. Viven de la realidad del mercado, del crecimiento económico, de la buena o mala gestión, de sus estrategias, de su nivel de competitividad, de las correctas iniciativas de su Top Management, de su propia capacidad de generar negocio en un mercado cada día más globalizado y competitivo. Pero, para qué esos elementos que conforman la buena gestión empresarial, tengan éxito es necesario, sin embargo, que el contexto en el que se desenvuelven estas compañías sea lo más estable y transparente posible. Por ello les perjudica especialmente la incertidumbre, la inestabilidad en el marco legal que les ampara, la arbitraria competitividad en un país dado al monopolio encubierto o a los favoritismos personales en ciertos mercados, la retracción del consumo privado debida a la dudosa buena marcha de la economía real y doméstica del ciudadano...
Dos realidades contrapuestas
Porque algo evidente y consecuencia clara de la politización de la vida ordinaria es la coexistencia de dos realidades fomentadas irresponsable y estadísticamente por nuestros políticos: "la España va bien" en que los grandes números avalan -o lo intentan, al menos- la buena marcha del país y su crecimiento económico y, una segunda realidad, más contundente, menos ruidosa, que es la de "el bolsillo" de los ciudadanos, la mayoría asalariados, que ven poco o poco disminuir su nivel adquisitivo y de bienestar en su vida ordinaria. Supongo que paulatino endeudamiento de particulares es una clara evidencia de ello. Porque, no nos engañemos, los grandes números, las grandes economías y los supuestamente imparables crecimientos económicos de este país están basados cada día más en la desigualdad, en manos de cada vez menos personajes y en la proliferación de negocios puramente especulativos, como el sector inmobiliario, distribución, financiero y afines, sectores con dudosa creación de riqueza a largo plazo, que apenas generan puestos de trabajo y, para mayor desgracia, sin una vocación de permanencia ni enraizamiento en su ubicación ni propiedad. Evidentemente no renunció a la nueva economía, a pesar de fiascos como las empresas "punto com” o "star up” que presuntamente debían generar un imparable crecimiento pero que fueron víctimas de su propio éxito y del exceso de confianza depositada en ellas por presuntos e indocumentados “gurús”, pero creo que no por ello debemos dar la espalda a esa economía industrial basada en fábricas, empleados y seguramente capital familiar privado. Tal vez hemos llegado ya tarde a pretender salvar ese tejido empresarial que, tras años habiendo sido ninguneado por nuestra clase política y su cortoplacismo habitual, ha ido sucumbiendo al albur de la globalización y de la imposición de los bajos costes salariales para malvivir. Ésa es la cruda realidad del empresario privado hoy. Empresas antaño familiares y florecientes han ido sucumbiendo a las crueles leyes del nuevo mercado y a la ignorancia de nuestros políticos. Aunque, por qué no admitirlo, muchas veces también por la falta de visión empresarial de sus propios creadores- emprendedores, que sin haber evolucionado y previsto los cambios, se les ha echado encima y por sorpresa un mundo nuevo, competitivo y globalizado.
Un mundo irreal, sesgado y partidista
Pero, a pesar de esa visión posiblemente un tanto apocalíptica del sector empresarial actual, afortunadamente aún hoy existen pequeñas y medianas empresas que intentan mejorar sus productos y servicios, su propia gestión y, por tanto, su posicionamiento competitivo en el mercado. Y esas empresas son las verdaderas víctimas de la politización de nuestra vida ordinaria, las que necesitan un marco legislativo estable y definido, las que necesitan la confianza a largo plazo de los inversores, las que necesitan la benevolencia de los políticos y, evidentemente, de una opinión pública serena y esperanzada. Y eso es lo que no propician nuestros políticos hoy. Éstos, muy al contrario, están generando un clima de incertidumbre pública, institucional y de poder despótico ilustrado, mediante campañas orquestadas en los medios de comunicación que, cada vez más vinculados a los propios grupos de poder, amplifican "su realidad". Porque, recordemos, que si hay algo en común entre nuestros políticos hoy, además de su evidente falta de liderazgo y de carisma público, es su "miopía" ante la realidad social, económica y ambiental. Su "otra" realidad, la de los políticos, distorsiona los hechos, dando inusitada importancia a aspectos secundarios y, evidentemente, irrelevantes para la "gente corriente", como las presuntas pugnas entre nacionalismos, leyes de dudoso interés público y/o viabilidad, normativas que sólo benefician "a unos cuantos", presuntos conflictos inexistentes, visiones excesivamente partidistas y, por tanto, sesgadas de la realidad, macro-números que se escapan de la estadística y del sentido común, promoción de presuntos ciudadanos ejemplares que no son modelo de nada bueno, procesos judiciales ejemplarizantes para descalificar, excesivo intervencionismo en operaciones financieras de un mercado aparentemente libre, creación de excesivas leyes sin su necesario control, impunidad de ciertos personajes ante dudosas maniobras, etc.
Un país de "charanga y pandereta"
Todo ese mundo irreal, sesgado con alevosía y "partidista”, convenientemente amplificado y difundido por medios supuestamente "asépticos y neutrales", no puede crear otra cosa que incertidumbre en la opinión pública; desánimo en las personas que creen en su trabajo diario bien llevado a cabo; desencanto en los jóvenes que no están convencidos en entrar en un sistema imperfecto como el de sus padres y que para ello perpetúan su carrera académica; desconfianza -local e internacional- de los inversores ante un país “de charanga y pandereta”; apatía en los posibles y necesarios emprendedores en un país donde vale más una piedra que un negocio, etc. Todos estos elementos no pueden conformar más que un país, antaño “ejemplar en su transición democrática y posterior desarrollo”, pero actualmente no competitivo, no innovador ni creativo, reinado por una cada vez más mediocre clase tecnócrata y funcionarial, orquestado por intereses ocultos –o no tanto- a través de personajes de dudosa procedencia y ética, con demasiados jóvenes “autistas sociales” que se niegan a participar en tal catástrofe, un país distraído y empecinado en acabar de destruir nuestro entorno natural y, como consecuencia de todo esto, condenando a la desorientación y ostracismo al ciudadano de a pie –por cierto, contribuyente y votante- cada vez más perplejo y ajeno a su vida.
Algunas preguntas que alguien debería responder
¿Dónde está el reconocimiento a los verdaderos emprendedores que generan riqueza y puestos de trabajo? ¿Dónde está el cierto e innato talento de muchos profesionales que harían de este un país creativo, floreciente y competitivo? ¿Cuando se hará honor a esos empresarios realmente modélicos que, día a día y a pesar de las dificultades del entorno, siguen haciendo crecer sus pequeñas y medianas compañías? ¿Quién y cómo convencer a los jóvenes, futuros talentos y emprendedores, para qué se incorporen al mundo real? ¿Cuando se primará la efectividad y profesionalidad en muchas de las grandes corporaciones e instituciones, demasiado autocomplacientes y faltas de autocrítica? ¿Para cuándo la honestidad, la ética y la responsabilidad social y medioambiental en las empresas, en la clase política, en la gente de la calle? Seguramente habría que cuestionarse muchas otras cosas además de estas, pero creo que ya es suficientemente bueno exponerlas y debatirlas públicamente, pero con afán de solucionarlas y no sólo para hacer demagogia con ellas.



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